En industrias de alta tecnología como la electrónica y los semiconductores, la biomedicina y la fabricación de precisión, las salas blancas son el "santuario fundamental" para garantizar la calidad del producto. Deben mantener una temperatura y humedad constantes, así como una pureza del aire extremadamente alta, para evitar que las diminutas partículas de polvo y las fluctuaciones de temperatura y humedad interfieran con la producción y los experimentos de precisión. Sin embargo, lo que se suele desconocer es que este "espacio puro" tiene un coste energético muy elevado: una sala blanca de tamaño medio suele consumir decenas de veces más energía que un edificio de oficinas del mismo tamaño, y la ventilación y el tratamiento del aire representan más del 60 % del consumo energético, lo que supone una doble carga para los costes operativos de la empresa y una mayor presión medioambiental.